29/7/01

España: Las sombras del jurado en el caso Wanninkhof

Por Aníbal Malvar
 
Aníbal Malvar
 
Extractos:
 
Rocío Wanninkhof fue asesinada en Mijas el 9 de octubre de 1999.Tenía 18 años. Primero fue golpeada. La persona que la agredió le prestó después un pañuelo de papel para que se limpiara la sangre. Luego le clavó en la espalda un arma blanca de dos centímetros de hoja. La joven huyó dando traspiés por una explanada. El agresor o agresora siguió apuñalándola hasta matarla. Arrastró el cadáver hacia un lugar inaccesible a la vista de quien circulara por la carretera. Se marchó. Regresó con un vehículo, cargó el cuerpo y lo condujo a una veintena de kilómetros de distancia. Desnudó a la chica y le abrió las piernas, dicen que para simular una violación. En este último punto claudican los hechos y se inician las conjeturas. Hay una acusada, Dolores Vázquez, que fue pareja de la madre de la muerta y educó a la niña y a sus dos hermanos.
 
Nueve personas dirimen estos días en la Audiencia Provincial de Málaga si la acusada pasará los próximos años en la cárcel. No son juristas. Nadie les ha aportado aún prueba concluyente alguna. Es el jurado. El azar convocó 35 nombres de personas censadas en la provincia. Recibieron en su casa la citación: caso Rocío Wanninkhof.
 
Con toda seguridad, todos sabían de qué crimen se trataba. Los nombres se meten en un bombo. Un secretario extrae ante los representantes del ministerio fiscal, de la acusación y de la defensa el boleto. Un propio, usted mismo, cualquiera, tiene en sus manos el futuro de una persona si contesta adecuadamente a las preguntas del concurso. Acusadores y defensores tienen derecho a rechazar al candidato: cuatro recusados sin motivo y dos con motivo por cada parte. Empieza el interrogatorio. Sin límite de tiempo.

¿Qué piensa usted del caso? ¿Se cree lo que ha contado la prensa?
«Yo creo que es culpable. Son lesbianas, ¿no? Lo normal era que se metieran en follones». La respuesta es de uno de los candidatos, por supuesto, rechazado.

«La gente viene muy mediatizada en casos como éste», se queja la defensa. «Ha habido un juicio paralelo en la prensa y eso nos puede perjudicar». La respuesta del candidato no tiene por qué ser sincera. Muchas veces no lo es. La gente no quiere ser jurado. Otro de los candidatos intentó ser rechazado alegando que fumaba marihuana. Algunos se confiesan cuando los juristas desmontan su estrategia: «Es que no me considero capaz de juzgar a nadie. Es demasiada responsabilidad». Grandilocuentes palabras deslegitiman tanta prudencia: .«El deber constitucional está por encima de la moral de las personas».

¿Qué opinión le merecen las fuerzas de seguridad?
«Bueno, le diré que yo soy hijo de un Guardia Civil».

Este candidato, hombre de unos 40 años, es rechazado por la defensa. Su cercanía al Cuerpo puede condicionarlo. No hay testigos, ninguna prueba de cargo apunta irrefutablemente a Dolores Vázquez como culpable del asesinato con ensañamiento de la niña que tuvo «dos madres». La Guardia Civil, asegura Vázquez, intentó arrancarle una confesión como fuera. Según su defensa, la presión mediática les obligó a encontrar una cabeza de turco y lo más fácil era engatillar a Lola: «Me dijeron que tenían testigos, que yo estaba loca y no recordaba haberla matado, que Rosa [hermana de Rocío] había dicho que yo era la asesina».

¿Cree mejor condenar a un inocente que dejar libre a un culpable?
La mayoría de los llamados a ser jurado no respondió de forma contundente. La indecisión hace peligrar el beneficio de la duda.

Dolores Vázquez, la acusada, es una persona segura de sí misma, dice el fiscal que fría, aseguran algunos testigos que violenta. Rocío Wanninkhof, la víctima, es elevada a los altares de la bondad y la belleza por todos los testigos, incluida la única imputada: «Me llamaba mamá». La madre de Rocío, Alicia Hornos, se presenta empequeñecida por la tragedia, dominada durante su convivencia con la acusada, segura de que su ex amante apuñaló a su hija porque era el gran obstáculo que veía para volver con ella. Celos. El jurado se deja llevar por curiosidades más rosas que científicas. Una de las preguntas elevadas por el portavoz de los nueve da idea de ello: «¿Le dolió a usted, Rosa, enterarse de que Dolores era la asesina de su hermana?». «Muchísimo. Cuando éramos jóvenes, Lola era mi padre», responde la joven. «No se ha manejado hasta ahora ni una sola prueba. El ministerio fiscal lo ha querido presentar como un caso de violencia doméstica. A veces esto se parece más a un juicio de divorcio que otra cosa», se lamenta la defensa.

¿Le condiciona que la acusada lleve un año en prisión y llegue esposada?
«Si meten a una persona un año en la cárcel, es que algo habrá hecho, ¿no?».

Varias personas entrevistadas responden de forma parecida. Las partes indagan en su interrogatorio sobre la confianza que despierta la Justicia española en cada uno. La opinión general es buena. Dolores Vázquez disiente desde el estrado: «Hoy estoy aún como si viviera algo irreal. A veces no entiendo por qué estoy aquí ni por qué llevo un año en prisión. Intento contestar a sus preguntas sinceramente, con toda la buena voluntad del mundo, pero yo no he matado a Rocío», responde la acusada al presidente de la Sala cuando se ve acorralada por sus propias contradicciones. Aún en esos momentos, conserva la calma y parece segura. En ocasiones, cuando sale a colación cualquier circunstancia referente a su sexualidad, habla abiertamente y sonríe con picardía. Agitación en los bancos del público. Algún comentario morboso. Durante la selección del jurado, no hubo preguntas explícitas referidas al lesbianismo, aclara uno de los juristas que participó en el proceso y que prefiere que su nombre no sea citado. La defensa sabe que la baza sexual juega tanto en su contra como el exhaustivo seguimiento mediático del caso desde la desaparición de Rocío hasta la detención de la acusada: «¿Quién no ha visto las imágenes de televisión en las que sacan de su casa a Dolores esposada?».Temen las ideas subjetivas que pueda estar alimentando el jurado: «Están haciendo demasiadas preguntas personales. ¿Qué tiene que ver con el caso que esta señora se gastara 15.000 pesetas en llamar a los 906?».

¿Para usted, quién tiene que demostrar la inocencia o culpabilidad, el ministerio fiscal o la defensa?
«Los dos» .

Es la respuesta de muchos de los candidatos. Varios, incluso, aseguran que debe ser la defensa quien apruebe la inocencia de la imputada. Esta perversión judicial es conocida como la probatio diabolica. A nadie se le puede exigir que demuestre su inocencia. Ministerio fiscal y acusación han puesto énfasis durante el proceso en las numerosas contradicciones en que ha incurrido la acusada. Un miembro del equipo de Pedro Apalategui asesoró a su defendida sobre la actitud al declarar: «Yo se lo decía a Loli. ¿Cómo no te vas a contradecir si te hacen preguntas sobre algo que ocurrió hace un año? Hay gente que contesta lo primero que le viene a la cabeza. Luego va atando cabos, recordando cosas». Durante el juicio, la familia de la víctima le recuerda episodios violentos con la niña: «Nunca la castigué cortándole el pelo, como dice su hermana. Le corté el pelo porque ella lo quería tener cortito como yo. Me admiraba. Quería parecerse a mí».

¿En caso de duda, condenaría o absolvería?
«Absolvería, sin duda».

Las respuestas fueron diversas. Uno de los letrados del caso recuerda que la fiscalía rechazó al candidato que dio la respuesta transcrita arriba. Era un hombre «de unos 50 años, coherente, lógico, pero con una personalidad demasiado fuerte. Los jurados son muy influenciables. Podría haberlos convencido de lo que quisiera». También suelen ser rechazadas las personas demasiado pusilánimes, cuyo voto pueda ser fácilmente inducido. Los jurados no votan directamente la inocencia o la culpabilidad. Votan sobre un listado de hechos. Por ejemplo: Hecho 1. ¿Se encontró la noche del 10 de octubre de 1999 la acusada con la víctima?; Hecho 2. ¿Mantuvieron una discusión? Así sucesivamente hasta delimitar cada arista del caso. Para demostrar la inocencia, bastan cinco sufragios. La culpabilidad requiere siete de los nueve. El jurado, en el caso concreto del proceso Wanninkhof, prefirió permanecer aislado para evitar contaminaciones externas. Al final del juicio, se reunirán y permanecerán juntos hasta que hayan respondido a cada uno de los hechos propuestos. Después, el resultado de estas votaciones es trasladado al juez, que será quien dicte sentencia. El aspecto subjetivo es importante: en este caso concreto, no parece haber pruebas de cargo para determinar sin género de dudas algo tan simple como si imputado y víctima se vieron esa noche. ¿Y el móvil? Algo tan íntimo e insondable como los celos.
 
Nota del Editor: Dolores Vázquez fue condenada por el crimen sin la existencia de prueba en su contra, sólo por los prejuicios del jurado, resultando a la postre ser inocente. Se trata de uno de los errores judiciales más lamentables en España.
 

Diario El Mundo
29 de julio de 2001

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